La luz del sol traspasaba el cristal verdoso de la botella mientras intuía en él las últimas gotas de templada cerveza. Paseo tras paseo intentaba imaginarme en otros lugares, otras ciudades y recordar aquellas por las que anduve. Aparecía en mi retina la misma sensación, el mismo yo de siempre, pero en Nantes, un cotidiano Nantes.
Trentemoult, humilde pueblo de pescadores, la tranquilidad se respiraba por las estrechas y anárquicas calles del entramado urbano. Las casitas coloreadas nos acompañaban en el paseo, obsoleto de palabras, donde nuestras miradas eran capaces de expresar el cosquilleo que aquellas simpáticas paredes generaban en nuestros cuerpos. Parecían recitar profundas y cortas historietas sacadas de todos aquellos individuos que alguna vez habitaron en él. La calma seguía latente y tras un largo paseo decidimos reponer nuestros depósitos energéticos con unas dosis de pan con "cualquier cosa encontrada en la nevera". El lugar como siempre, en el horizonte aparecia enmarcado el Loire y un verdoso margen como fiel compañero.
Le Corbusier se encontraba cerca, inmerso en sus muros de hormigón de "la unidad de habitación". Era una de esas estampas que tantas veces habías visto plasmadas en tantas diapositivas editadas en libros que eran abrazados por atractivas portadas. Mi "yo" estaba allí, disfrutando de aquel "puzzle" de hormigón perfectamente encajado que tantos renglones ha escrito en la historia de la arquitectura. Extenso reportaje fotográfico recreándome en cada uno de los espacios que pisábamos. El modulor no mentía y era el principal valedor que, inconfundiblemente, marcaba aquella obra como irrepetible, por todo aquello que en el pasado representó y actualmente representa.
Tras estos intensos momentos, de vuelta a casa, nuestras mentes rebosantes de cultura dejaron paso al ocio nocturno, que construimos con una maestría que poco tenía que envidiar a la unidad de habitación de Le Corbusier. El emplazamiento, un patio interior, y los muros de hormigón sobre los que se construiría la noche, unos cuantos mojitos "mediterráneos", tortilla española y una primera y despejada noche de Octubre en la ciudad portuaria de Nantes...






Pues ésta, aunque no lo parezca...está en París...
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